

Acabo de terminar una novela cuya trama concluye en Liverpool y en un barco que zarpa de su puerto rumbo a América. El libro me ha llevado a los recuerdos de aquella ciudad donde lo pasé tan bien cuando la conocí.
A
Manchester,
Liverpool o
Sheffield, ciudades desarrolladas al calor de la
1ª Revolución Industrial y sus industrias contaminantes, se las supone feas. El clima tampoco les ayuda mucho que digamos a atraer turistas.
Liverpool se salva por los
Beatles (dicho sea de paso, me encantan aunque no sea una
beatlemaníaca). Legiones de devotos acuden continuamente a esta ciudad para venerar los santos lugares beatlelianos y sus reliquias. El Ayuntamiento, consciente de la mina de oro que supone este asunto, tiene establecida una ruta perfectamente señalizada e informada, en la que se lleva la palma la famosa
The Cavern. Le han puesto incluso un Museo dedicado a estos hijos tan famosos. Pero Liverpool no es sólo Beatles ni el equipo
Liverpool Football Club, que también levanta pasiones.
La ciudad está repleta de una historia y un patrimonio que la hacen excitante. Su prosperidad, que se inició con el comercio de esclavos, se acrisoló en el s. XIX al convertirse en el 2º puerto de Inglaterra tras el de Londres. Por sus muelles llegó a pasar casi la mitad del comercio marítimo mundial y su estación acogió la primera línea de ferrocarril que funcionó en Inglaterra en 1830. El dinero fluía a raudales. Creció muchísimo y se llenó de edificios monumentales -algunos un tanto grandilocuentes- que daban satisfacción al orgullo de sus prósperos comerciantes y hombres de negocios: la Bolsa, Teatros, dos Catedrales…Claro que también estaban los suburbios insalubres donde los obreros se hacinaban.
Aunque fue bastante destrozada por los bombardeos de la
2ª Guerra Mundial y tuvo que soportar más tarde una dura reconversión económica, Liverpool ha sabido reinventarse y hoy presenta un aspecto bastante atractivo.
Me encantaron sus calles peatonales llenas de tiendas tentadoras y músicos espontáneos; el
Barrio Chino, con su monumental puerta colorista. Son magníficos los grandiosos edificios, algunos con el “
Liverbird” pájaro símbolo de la ciudad, el Museo, la Estación, las Catedrales… aunque lo que más me gustó fue el
Puerto.
Lo recorría y me imaginaba la trepidante actividad de sus muelles en su etapa de esplendor, el bullicio de las gentes que iban a embarcarse hacia el
Nuevo Mundo…
Allí estaba el
Albert Dock, declarado
Patrimonio de la Humanidad, donde han situado, entre otras cosas, una
Tate Gallery; había barcos históricos atracados y una escultura dedicada a las familias que tuvieron que emigrar. Me resultó conmovedora en su soledad frente al mar, tantas veces traidor para muchas de esas pobres criaturas que partían rumbo a la prosperidad cargadas de esperanzas.

En nuestro viaje tuvimos la suerte de alojarnos en el
Adelphi, un hotel con lujo de antaño, mucha historia y clientes famosos, entre los que -te cuentan- estaba
Dickens, que acudía allí a tomar una famosa sopa de tortuga. Tras ser remodelado en plan fastuoso, imitando salones del
Titanic, que pertenecía a una compañía naviera de Liverpool, fue reinaugurado con una fiesta en honor de los pasajeros de aquel barco.
Nos dijeron que este año en que se cumple el centenario del barco hundido van a rememorar aquella fiesta y que estará abierta a todos los que vayan ataviados a la moda de 1912.
¡Animaros! (si no sois supersticiosos…)